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viernes, 30 de enero de 2015

Un náufrago, un tío perdido y la mina del lápiz


Episodio I

... Aquel náufrago no era original. Apareció varado, exhausto, con la ropa hecha jirones, como todos los náufragos de las novelas. Si, notaba escozor en la boca y una sed salada.
Tenía la lengua hinchada.
Reparó a pensar que no tenía recuerdo alguno desde que, al fin divisó la silueta de la isla, encaramado en lo alto de una ola.
Calculó una hora al menos, de deriva inconsciente, panza arriba con los salvadores manguitos de patitos...
 

Episodio II

Desde el mismo momento de sentirse a salvo, convino en obviarle al mundo el detalle de los manguitos: no le hace bien a nadie, y a él, le ridiculiza. Decidido.
¿Dónde coño estaba?. En el Pacífico Sur, hasta ahí sabía.
¿Dónde estaba el resto del pasaje del Paquebote S.O.S Bora?
Unno, tenía preguntas para rellenar un formulario de hacienda, pero como era aún hombre de acción, se puso en marcha. 
Primero, lo primero, se dijo, la sed es lo primero. Deambuló por la playa de arena negra y decidió, que si había agua sería en el interior de la isla.
La recorrió en apenas media hora. Cuando acababa, se adentró en un roquedal, en cuyo interior rezumaba agua por las rocas interiores. Sorbo a sorbo, lametón tras lametón al soso granito, calmó su sed.
Calculó tres hectáreas de terreno accidentado.
En el deambular, había recogido todo lo escupido por el mar a la playa. En resumen , un baratillo de objetos tan inútiles como insumergibles: el libro de bitácora del S.O.S Bora, un chubasquero, maderas del casco, dos mecheros Bic, una gorra de almirante de chalupa, y algunas otras cosas graciosas, como un pintalabios, una peluca, etc....

 

Episodio III

Nada encontró en los despojos del barco que fuera comestible, y nada en la isla que reconociera como tal.
 Al llegar la noche, pensó en hacer fuego. Tenía mechero y las hojas acartonadas del cuaderno del capitán. Eligió el método alzhéimer de ignición: quemar primero lo anotado más recientemente e ir alejándose en el tiempo, como borrando huellas hasta que sólo queden las pastas.
Antes de proceder, leyó primero con asepsia emocional y luego con interés creciente lo que decía.
Después de unas notas telegráficas sobre el rumbo, el tiempo y la marinería, había anotada una enigmática frase: "Fat dog y Rantanplán a las puertas: Última singladura. Bye, Bye, my baby"
Antes de carbonizar la página, repitió mentalmente el párrafo, aunque sin sentido para él, deducía varias cosas: Fat dog y Rantanplán le resultaban amenazantes al viejo capitán Slowy; también eran premonitorias, o eran una profecía del Profeta de la Mar Salada, San Yalodijeyo, así, última singladura del S.O.S Bora.
Qué listo! se dijo- el hombre del tiempo, a estas horas alojaría en sus moyares dependencias a la aristocracia del coral (barracudas, peces de colores "by de face") y por último la despedida informal y cariñosa de una mujer que sonaba a definitivo "game over".
Transitando en este discurso laberíntico, quedó dormido, al calor de la hoguera, al cansancio de las tribulaciones del día uno de la Era de Unno.
Desde luego, la intriga hizo olviadar los rugidos de sus tripas ociosas, pero esto no pedía seguir así ....


Episodio IV

Después de un mes en la isla, sus magras carnes habían abandonado su esqueleto, esto, la barba florida y rubicunda de náufrago, además del desaliño de su impedimenta, la gorra de capitán de chalupa. La verdad, parecia un ecce hommo camino del Gólgota o un hippy trasnochado y vagabundo, Rey soberano de la República Menguante de Barataria. Según lo mires.
Había superado, con poca elegancia pero con maña, algunos retos; para no agotar al escaso lector. Primero el problema alimentario, superado. Comía muy poco, eso sí, ahora era consciente de su lugar en el mundo, él era la cúspide de la cadena trófica de las aguas territoriales  de su res pública. Saber esto, le subía el ánimo.
De la carne, prieta o trémula, tenía recuerdos imborrables color sepia.
A propósito, se comería ahora una, una sepia.
En cuanto al agua dulce, solucionado, con cañas de bambú construyó un laberíntico acueducto renacentista, que se la acercaba "hasta su propio domicilio" como tapicero calé.
De esto se infiere que, sin realizar los engorrosos trámites burocráticos, tenía domicilio, sito en el Chamizo Plaza Avenida de los Jaramagos Reales nº 1.


 Episodio V

Día XXXVIII de la era Unno

Aquella mañana, al asomar, desde el chamizo su "cara lirón-careto after hours", tuvo la sensación de que todo era nuevo, a estrenar.
El mar se había esmerado en borrar las huellas incisas de Unno a base de lametones de espuma y agua virgen el arenal de hoyadas-heridas, el viento oceánico había barrido concienzudamente toda la noche el umbral del chamizo, atusando yerbajos, matas y árboles
Después de un vistazo, se sobrecogió, todo reluciente, en su sitio. Como si la isla quisiera borrarle, a él y sus trabajos de su piel.
Le costó un rato olvidar esta mágica sensación de su cabeza, quizá el mismo tiempo que tardó en vaciar su vientre en el "ponedero", cloaca terrosa, de cuya ubicación había necesitado Sufragio Universal entre él y las alimañas e insectos censadas en su municipio.

Diario discontinuo y aleatorio de un tío perdido....... (Continuará)


Episodio VI

Día XL de la égira de Unno. Diario esporádico y errático de un alma en pena

En aquel tiempo, que diría el evangelista Marcos, como consecuencia de haber atisbado en los días claros, dos islotes más, primos hermanos del suyo, había elaborado un plan pluscuamperfecto de colonización de ambos y anexión a su Corona.
¡Que desmemoria! En cuanto al cuaderno de bitácora, la información ordeñada día a día, había servido, a parte de acelerante de ignición, registro de vientos, mareas, carga, pasaje, etc, para paladear un ramillete de jarchas a interpretar.

Un día deshojando un pétalo impreso del dietario, apareció una sentencia firme, ante la que no cabía recurso alguno: ¿Cómo he llegado a esto? Me odio. Y "Dos polizones muertos. Más. No"
De la digestión de estas máximas depuso estas churriguerescas conclusiones.
La primera, si no fuera por su significado fatal, podría ser el título gastado de una canción Pop de los ochenta, pero Slow "il capitano lungo" admitía que su pretérito era imperfecto, partiendo de la generosa valoración de si mismo, llegaba al momento del registro, detestándose, en un ejercicio de estilo síntoma de un ataque de dignidad agudo con flemas de desprecio en 3ª persona.
El segundo predicado estaba claro, sin necesidad de Informe Forense, convino, los huéspedes-polizones ya estaban en la otra orilla del Lete.
¿Como? ¿Por qué?. El hojeo diario le iluminaba sobre el casco "Porca suerte la nostra"


Y 7.- De Ítaca a Olissipo

Caducaban uno a uno sus días de arena y sol. Gustaba recogerse hasta el ensimismamiento en los anocheceres, sentado, abrazándose las piernas, dábase mimos que le reconfortaban, allí, en su felpudo de arena negra, hundiendo los pies, haciéndolos raíces.
Al compás del vaivén de las olas, iba de la composición del caso "Slow" a su propia peripecia vital, de su crianza en Siracusa, a su presente "modo insular estilita" y de su futuro, si hubiese ocasión, al presente. Lo cierto es que percibía con más incertidumbre el hoy que el mañana.
Combinaba aleatoriamente al capitano con él, en una divagación interminable.
Día LII-Unno ventiló el frugal desayuno en 2ª instancia, en 1ª había dictado sentencia en la Corte Suprema (el ponedero) "Slow culpable".
Remo en ristre, sopló la vela y la llenó al levante generoso en aliento a esa hora. Bien armado zarpó "el nautilus" al rayar el sol, preñada la vela, puso rumbo a la silueta brumosa y oscura que tenía en el horizonte.
Se caló la gorra de capitán de chulapa, erguido, asiendo con una mano el timón y con la otra anclado al mástil. Elevó y entornó la mirada la mirada como haría un miope profesional, para componer la mejor estampa. Sabía que se la jugaba.

Escupió un par de latinajos ("Alea jacta est" y "Fortuna iuvat audaces") como culmen de la liturgia y envuelto en un halo solemne fue en busca de su destino

De Ïtaca a Olissipo.- Diario iterativo de un náufrago

 

Y 8.-Odisea en el piélago

 Iba a necesitar unos días para recuperarse, pero tenía suelto. Para Unno Schiafino, Ulises meridional por obra y servicio, seis días duró la singladura por el piélago. Cuatro, y no dos, eran los islotes descubiertos además del suyo, total, familia numerosa. Sin ceremonias  alargó la descubierta peligrosamente hasta el límite de sus víveres y energías. Ya en la seguridad del chamizo, evaluó la Epopeya como notable alto. El bagaje no era escaso. Una herida de guerra gentileza del áspero palo de la vela, que en un caprichoso cambio de viento le había tatuado el mapa del tesoro en un hombro. Cargó el Nautilus con todo lo que pudiera serle útil de lo encontrado. Ahora conocía el mundo que le rodeaba; los alisios del sudeste dominaban, la corriente de Humboldt  fluía sin cansancio pero con memoria, gateaba fría desde las simas hasta el kilómetro cero de la tierra. Con todo, intuía alguna ruta de salida. 
En detalle, de los cinco islotes, dos eran fantasmas porque desaparecían con el flujo de las mareas, sin vegetación ni cobijo alguno, sólo servirían como puerto temporal. Los otros dos, los más cercanos, eran del mismo linaje que el suyo. Unno compuso un bonito bodegón de naturalezas muertas; exánimes objetos rescatados de las playas encontradas: maromas, garrafas, salvavidas sin curriculum, madera noble y plebeya, una revista Hustler de piel acartonada pero de buen ver, dos maletas de cerradura de combinación con la barriga llena, que herméticas, habían salvado sus entretelas del expolio del naufragio, como se verá más adelante, le satisfizo bastante, rozó la gloria plena el salvar la lencería fina de su natural  impudicia textil, y a él, de un brote inconfesable e inoportuno de fetichismo crónico, con su pulsión inherente. 



... IX.-Sopa de ideas

 Ahora que duerme trabajosamente el náufrago en su refugio, ahora que le nace el futuro como musgo en los hombros al sol de los dioses, ahora que abandonado está de su consciencia, en uso ventajoso de la omnisciencia creativa, les participo del concurso de ideas, hipótesis y conjeturas nacidas de las meninges de Unno Schiafino, en la aplicación del ya conocido “Método Alzhéimer de Investigación” sobre la rimera de enigmáticas jarchas diseminadas a lo largo del dietario de abordo por el Capitán Slow Torstens. Estas teselas ológrafas decían: “Más madera”. “Dinero fácil”. “Tres pescaítos al agua”. “Envido a la grande. Lo veo, Mateo”. “Diversificación”. “Alma en almoneda”. “Rantamplán ladra y muerde”. “Casquería y despiece” “Marejada. Mina en la mira”. “El infierno de Dante”. “Herr Lieben”.
Considera Unno seguro que la “Sociedad Anónima Criminal”, en adelante S.A.C., había coaccionado, amenazado  y puede que herido al marino para superar melindres, moralidades de barbecho que pudiera cultivar el nauta. Daba por sucedido que varios invitados-polizones habían sucumbido en el trasiego por razones equis. Seguramente esto horrorizó al capitano lungo. Visualizaba claramente que la S.A.C. era un entramado societario legal/criminal, con actividades tapadera y otras cordialmente ilegales, pero todas ellas lucrativas para los accionistas/delincuentes. Intuía contrabando de mercancías, droga, trata de seres humanos, prostitución, incluso alguna actividad que por infame se negaba aún a que fuera posible.
Estaba claro que la fachada más soleada y pública de este monstruo era la ocupada por la legal Naviera Marejada. Creía Unno que Slow en un arrebato de dignidad o asustado por algo, había compuesto un plan de destrucción del barco y de sí mismo. Sabía que le faltaban muchas piezas del puzle, pero tenía ya una sabrosa sopa de ideas.


X.-De profundis

 Han de saber mis avisados leedores, lectores accidentales, público alfabetizado y oyentes no tenientes: A Unno Schiafino, hombre de complexión compleja, desde hace un tiempo le dan jarrapíos místicos. Momentos mágicos en los que tropieza con preguntas existenciales, siente la zancada del mal, el bálsamo del bien, enreda con el porqué de las cosas sin llegar a comprender el porqué, ni por qué, ni cómo ni cuánto, como tampoco el cuándo.
La razón, la realidad, la fe y la satisfacción onanista que produce ésta en el fedatario, enredan su pensamiento y lo oscurecen tanto que ni a tientas encuentra respuestas. Suele acabar confuso y agotado. Practica este deporte cansino hasta acabar cansado. En abriendo una puerta suele acabar en el laberinto de Dédalo sin ovillo; así abandonado de todos los dioses, los creídos, los negados, los crueles, los no inventados, no encuentra otro alivio que el terrestre, se hunde en el arenal como en trance, y una vez adquiere textura de croqueta, se sumerge en el mar a paso solemne, de ceremonia.
Se lo tiene confesado a su consciencia –me han salido unos rudimentos supersticiosos, manías, que adornan mi vida. Raro es, ahora ya, necesario- Hechos: Desde hace un tiempo, sin importar la climatología, lleva el lastre reglamentario de arena y tierra en los bolsillos. Al cuello, cuentas de corales y conchas; en la muñeca el tintineo de dos piedras anudadas como dos cerezas. -¡Ah! al mar, el sol, la luna, el cielo, la noche, el sexo, les he cogido cariño, será por el roce. Quizá me esté volviendo loco, también-. No te había dicho nada, ya lo había pensado. -¿Quién habla?. Tengo eco en el tímpano o un brote esquizofrénico. Soy uno y tiendo al trino-.

 

  
 XI.- Il est l’heure de se faire plaisir

 ¡Harto estoy de la gravedad, de sentir el peso del destino, de los trabajos, del voto de prioridad, de la búsqueda, de la consciencia que ahoga el impulso, del miedo!
 Determinó Schiafino que mañana sería fiesta “San Masnimenos Justo y Salvador”, y al contrario que Simón, ceder, acceder, probar de todas las tentaciones, reales o imaginadas que se le presentasen. A tal fin, haría uso de todo un arsenal de recursos reunidos después del escrutinio azaroso del mar. Amanece, y no siendo poco, ya le apetece. La piel “pulp” al agua salada de las hojas ásperas del “Beato de Hustler” con bajorrelieves por deshidratación que le dan volumen a las heroínas, le animan a la evasión, al gozo sin tasa. Al tacto las “ninfas honeys” se deshojan sin esconder el Rincón de Ballesteros.
Por la lectura, ora telenovelosa y enredada, ora deleitosa, carnal y soez, hasta el cerrar de ojos consumió un rato, unidad temporal de la isla, con aprovechamiento notable y actitud entregada. Cumplido el almuerzo y soñada la siesta, a dos manos alzó el cuenco sacro de madera y dijo invocando a Séneca "Bibamus, moriendum est" después practicó unas libaciones rituales con el misterioso licor verdoso de la petaca, traída a su mundo mediante cesárea de la valija apellidada Samsonite Street; ésta y su hermana melliza modelo Sport eran su cornucopia de regalías, fontana de bebercios y fondo de armario para la fiesta. Se embutió en un elegante vestido negro de noche con escote “cesta y punta”, se caló una peluca platino de pin up; la jeta se la decoró dándose coloretes de escocesa arrecida y los labios de carmín bermellón-cabaret. A los zapatos de Manolo Blahnik les realizó una trepanación oblata de puntera para darle a los dátiles vistas al mar, y completó todo ello con un chal dorado vaporoso de tul, más un bolso de la Señorita Pepis, sólo apto para un támpax, un clínex, un clímax y me llevo un pintalabios.
 Como decía el cantautor ochentero “lo que allí sucedió, ni lo cuentan las crónicas ni lo contaré yo”.
 Tan sólo han de saber que los éxitos más repetidos esa noche fueron “I will survive” de Gloria Gaynor y un remix de “Priscilla reina del desierto” sin autobús; memorables el “Go west” de The village people, y no menos el “Mamma mía” de Abba a dos voces. Los bises fueron el “Stayin’ Alive” de los Bee Gees con falsete de Falete; inconfesable el “Daddy Cool” de un Boney M travestido.
“GLORIOSO, APOTEÓSICO”- Podría haber titulado al día siguiente, y a cuatro columnas, el Daily Island para calificar el fiestorro en los ecos de sociedad isleños. Consumió todos los licores del Samsonite Bar. Se tomó la última en el Noctámbulos de Hooper. Y acabó nuestro náufrago exhausto e inconsciente, de madrugada, en el ponedero, abrazado a la Hustler por la página 69. Rostro sereno, postura forzada de cadáver bien muerto en una novela de Hammet. Peluca y Blahnik al rececho de un bis. La carneia detiene su tiempo. Las estrellas encienden un mechero y al tililar aplauden el show en silencio.
El viento arrulla su sueño.

 

XII:_ Tocata y fuga


 Tenía esa triste sensación de domingo por la tarde de otro tiempo, melancólico, añoraba la letanía de un loro gritando hasta el paroxismo el gol en la huerta: “…minuto y resultado…media entrada…palo largo…¡gooool en la Condomina!…”.
 Le brotaba desidia como a un condenado estoico “al pasivo estilo”. Conjugar el laisser faire, laisser passer lo hacía con el garbo de un hambriento muletilla afeitado por el miedo citando a un displicente sobrero.
El fuerte viento le afilaba la cara, le enmarañaba la pelambrera, acrecentaba el aire de anacoreta orate que le había crecido de coronilla para abajo. Su cachucha voló en una burla de una corriente, se enfureció gratis, sin bola extra. Ridículo, persiguió a su capitel manoteando y fintando, así firmó un crochet de libro y una pirouette con arabesco de grado tres en la escala de Monsieur Bidé. Como un cazamariposas dominguero fue hasta la orilla donde el mar, no, no se abrió, “¡merde! au contraire” diría Voltaire, viendo a su “chapeau prendre la mer”, el agua mojó las alas de su pensamiento hecho gorra marsellesa; se detuvo y comenzó a hervir. Maldiciones y deposiciones aparte, el tiempo le anunciaba el cambio de estación, el fin de temporada. Hasta aquí, 397 días de naufragio.
 No había llegado muy lejos, mismo sitio, misma suerte. El desamparo de los abandonados por el futuro abría una trinchera honda donde divagaba, esperaba un mercante fuera de ruta, planeaba su huida, imaginaba y moría de desánimo a la vez o por turno, según su estado y criterio. Interpretó como un augur el hecho, mientras el oleaje zarandeaba su casquete también centrifugaba su estado de ánimo.
 Al fin, soltó una palabrota gruesa, de al menos dos cuerpos con su perjurio complementario, rescató el pingajo y con la inercia que da la ira, tomó la decisión. -¡Se acabó, me voy!


XIII.- El tornaviaje. Errabundia-.

Con la incertidumbre de un adelantado, la fe que da la desesperación y la temeridad de los que quieren cambiar su vida, zarpo. La zurcida vela llena sus carrillos de alisios de paso por el Trópico de Capricornio con un fato que desconoce. Fuera del alcance de las mareas costeras me incorporo a la corriente de Humboldt, que viaja con el alma helada por la oscuridad de las simas abisales hacia el cálido ecuador para que la peine un niño o una niña con los dedos hechos de escamas de peces emigrantes y embaucadoras sirenas que ahogan marineros solteros.
El primer día de viaje.

Venteado del sudeste marco la caña hacia uno de los islotes fantasmas. He hecho cálculos, la elección del rumbo obedece al propósito de atajar y ganar jornadas. Es arriesgar porque puede suceder que llegado a los islotes haya marea alta y no los encuentre al estar sumergidos, pero es más la posible ganancia de tiempo que el miedo. Amanecido, siento las fuerzas ahorradas durante jornadas. Buen tiempo. Pesca abundante que aprovecho. Al mediodía el viento sestea, entonces yo remo. Petreles a media tarde que trae el viento nuevo. Mar llana. Tarareo “A like rolling Stone” de Dylan, el “The river” de Springsteen y “I want to break free” de Queen que me animan.
 Bellísimo crepúsculo. 
Noche inquieta de aguas.

“How does it feel                  “Vengo de la parte baja del valle    “I want to break free     
how does it feel                     ………………………………………………..      I want to break free
to be on your own                 solíamos ir al río                                   I want to break free your lies” 
with  no direction home       solíamos dejarnos llevar                      Queen.
like a complete unknowm   por su corriente    
like a rolling stone ?”             ………………………………………………
Como una piedra rodante.   Todos esos recuerdos
           Bob Dylan.                     Vuelven a mí persiguiéndome
                                                    …………………………..hacia el río.”

The river. Springsteen.



 XIV.- Segundo día de viaje.

Mar arada con vertedera. Rumbo a los islotes mágicos de arena. Regurgito de mañana recuerdos secretos de la tarde del naufragio. Manoseo el momento. Solo, en lo más profundo del Bora, vacío las tripas. Un nuevo episodio de mi neurosis intestinal, un colon iracundo, en crisis de retorcijones que a calzón bajado menguan. Golpe en el paquebote. Estruendo. Agua tobillera. Laberinto de pasillos navegables, vacíos e inclinados de película expresionista, tienen una fuga de aire, que huye al ver al agua con prisa. Olvidar para soportarme, o al revés. 
Asociado a este trauma otra faena cómica. 
Destartalada oficina bancaria de la Habana castrista. Urgencia por hiperlaxitud de esfínter, necesidad por apremio intestinal. Cara de parturienta. Demanda. Guiado por un mercurio del departamento de deposiciones, no, imposiciones, al trote atravieso una estepa de viejos muebles, ondeando al viento dos metros de papel continuo carbónico con puntillas en los bordes, paridos por una impresora Matriz de impacto H.P. del 92 Supermirafiori. En un verbo decoro el sumatorio al pastel (período marrón-glasé). Finalizadas las maniobras, y por dos veces, cubo en mano animo a mis entrañas a conocer el averno revolucionario. Conste el óbolo donado al famélico segurata, aunque sé del desprecio revolucionario por el afán monetarista de nuestra decadente civilización capitalista. Gloria y paz para la unión de civilizaciones. Sonrío, me alegro la mañana.
Tarde lenta de viento calmo. Cuando el sol quería dormir grito tierra. Cáscara de tierra con forma de caparazón de tortuga. Punto y aparte de un océano cósmico. Anclo el jorobado balandro a la ínsula menguante. Por delante hasta el “acqua alta”, como mucho seis horas de estrellas para dar tierra a mi cuerpo. Cuerpo a tierra, en cruz, la cúpula celeste me mira sin verme. Duermo deprisa en un reloj de arena que se hunde.

                                                                     
Tercer día de viaje.

Mucha mar por delante. Miedo. Navego corriente arriba el mar del sur. Silencio que grita. Sol. Melancólico atardecer. Canto para huir.
“Él camina despacito que las prisas no son buenas
…………………………………………………………………………….
"Soldadito conociste una sirena
de esas que dicen te quiero si ven la cartera llena
escogiste a la más guapa y a la menos buena
sin saber cómo ha venido te ha cogido la tormenta.
Él quería cruzar los mares y olvidar a su sirena.”
                    Soldadito marinero.   Fito y los fitipaldis.

Cuarto día de viaje.

Mar inmenso. Niebla. Veo lo mismo que ciego. Noche húmeda y larga.


Quinto día de viaje.

Nada.

Sexto día de viaje.

Espejismo de niebla que parece tierra. ¡Tanta mar!, como para llenar una tierra
....

Décimo día de viaje.

Pierdo de vez en cuando el sentido. Me apago. Cansancio. Vigilia nocturna.
Último día.

Creo que me muero. Párpados a media asta, no veo. Pesadillas. Espejismos. Ensoñaciones. Sin sentido pasa mejor el tiempo. A la deriva. Dormito o me muero.



XV.-Islas Desventuradas

 Jairo Aristizábal tiraba la penúltima nasa de madera de maqui a poniente, a diez metros una balsa desarbolada, amontonaba en su espalda garrafas, ropa, cuerdas, lonas, bultos, aperos propios de una tribulación alrededor de un sumidero; lentamente ajena e inerte se le acerca a la barca.
Grita -¡Auro, Auro, mira esto!
 El viejo iza la mirada llena de callos, sin gestos guía su bote hacia el de Jairo. Suena ronco el golpe primero, luego como si se conocieran, la barca de Auro y el flotante extraño se besan sin despegar sus labios.
 Se miran los pescadores de langosta. Silencio. Tiempo que parece espacio.
En el abordaje, el viejo como quien pisa un cementerio, mira, toca, con el respeto de un converso. Escombrera de una existencia. En el centro, una caseta de ramas, como de perro, bajareque sin barro impermeabilizado con plásticos. De rodillas, lento, acerca la cara a la boca del cubil. Pupilas dilatadas, gesto de yeso.
Un cuerpo de hombre envuelto en plástico con la cabeza al fondo siguiendo el balanceo de las olas, sin tensión, abandonado por su dueño. Después, al que creían un demacrado muerto, le salió un lamento.
A prisa, dando bandazos de borracho por el orujo de la mar salada, acarrean Auro y Jairo el osario con pellejo. Les parece que se le va a desmembrar el esqueleto al resucitado. Entre todos, acomodaron al inconsciente, náufrago por dos veces, en el camarote del capitán Pacífico York a bordo del “Lobo de mar”.
Amaranto, el cocinero, hizo de Sor Socorro, desnudó y lavó con mimo hospitalario al maniquí; le vistió con su propia muda de los domingos, como se amortaja a un amigo. Finalmente le acunó en el catre espartano, y abriéndole los sajados labios le dio unos chupitos de caldo de gallina caliente. Entre puchero y cacerola giraba visita al yacente. –¡Ahorra para morirse, este inconsciente!-, murmuró.


XVI.- De cuerpo presente-. 

     El “Lobo de mar” y su tripulación de cinco hombres y medio hacían la campaña de la langosta en las Islas Desventuradas, anclados al socaire de un gigantesco acantilado de cien metros en la Isla de San Ambrosio; venían como todos los años desde la isla de Robinson Crusoe a aquella inaccesible, inhóspita y desierta isla.
Cumplida la faena volvían con las bodegas llenas de grandes crustáceos, el alma cicatrizada por la soledad del paraje y los oídos sordos de escuchar sólo al viento, el bramar de la mar y el susurro de sus conciencias.
Vuelvo en sí, pero como si no. De fuerzas, nada, sólo para balbucear. Apenas les digo mi nombre y el del infausto paquebote, y todo es una estampida de exclamaciones, opiniones de unos y otros pisándose las palabras a voces.
 Uniendo con hilo de paciencia trozos de conversación atropellada sé del inexplicable naufragio en los Bajíos del Portugués, del salvamento por pesqueros españoles y chilenos de todo el pasaje excepto un topógrafo siciliano desaparecido y el capitán del barco, que fue visto por última vez por su segundo camino del puente creyendo finalizada la evacuación. Ahí, yo siento dolor, claro.
 La Armada chilena estuvo buscando a los desaparecidos “Dead or alive” durante diez días sin la recompensa de encontrarlos. La prensa nacional primero y la local después informó del extraño accidente, de la actitud contradictoria del patrón; incluso glosó una maraña de relaciones directas e indirectas de la Naviera Marejada propiedad de un tipo peligroso, mandamás gringo, moteado Fat Dog, cuarto y mitad de empresario, un tercio de político, medio mecenas cultureta, es decir, un integro hijo de la gran puta hampón al decir de todos.
La naviera formaba parte de un grupo empresarial, “Rich & Cobre”, relacionado, con la naturalidad impostora que da la plata, con el poder político regional, el empresariado y los bajos fondos. Así asocio, eso sí mentalmente, por ser la fórmula más barata para las pocas fuerzas de que dispongo en cuenta, lo escuchado con lo compuesto por mí en el usufructo del famoso Método Alzhéimer de Investigación, sobre la nominada S.A.C. rebautizada ahora como Rich & Cobre. Ceno caliente y empiezo a sentir que tengo cuatro miembros, un ponente y un botones, contando los entumecidos remos, la palabra trémula y el pequeño dispensador multifunción tipo botón de la entrepierna.
 Pacífico y Auro deciden cómo proceder: dar cuenta por radio de mí a la Base Naval y Aérea de la Armada chilena en la vecina isla de San Félix, y mañana, acabada la jornada poner rumbo con el “Lobo de mar” hasta allá, distante unas 21 millas y dejarme algo más recuperado en ese partidero de milicos confinados.
Cae la noche, reunidos como en una lección de anatomía, café o mate en mano, el ceviche en el buche, me preguntan una y otra vez por el lugar donde he estado. Les describo mi “archipiélago gulag trubado”, su entorno y algunas de mis vicisitudes durante más de 400 días. Se miran como quien no entiende. Descartan su casa, el archipiélago de Juan Fernández, el de Sala y Gómez, la Isla de Pascua, Chiloé, Guamblin, Guayaneco y las Islas Galápagos; en todas, incluso en los islotes, la Armada Chilena había buscado sin resultado.

 

San Borondón-.

Después de un silencio oceánico, una inspiración profunda, como de pozo. Habla lentamente Auro, con voz cavernosa, deja que se oiga la reverberación de cada palabra para decir -“Hace mucho tiempo, tanto… antes de que murieran, a cientos, cada día, los lobos de dos pelos a manos de nuestros abuelos. Antes del furtivo robo de guano, que ahora fecunda tierras yermas del ajeno norte minero. Antes incluso de que el anacoreta Pablo llenara su islote de pendones, banderas, banderolas y banderines que tremolaban al viento versos místicos de Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz impresos con su propia sangre. Antes, sí, de la desdicha del marinero contrabandista, abandonado por su cruel capitán en una isla desierta del profundo sur, donde murió años después, emponzoñado por la sangre de los piqueros que le mantenía vivo. Antes, tanto hace…que pocos tienen algún recuerdo…un marino, Abad de un barco, navegó siete años por el océano con la compaña de catorce monjes y tres advenedizos, buscaba con denuedo el paraíso terrenal en medio del mar. Conoció a Jasconius, del que todos habéis oído hablar, el pez gigante, del que dijo no ser tan fiero, sólo que el despecho por una sirena esquiva, le daba brotes de ira. Brandan el Abad, que es de quien os hablo, esquivó monstruos marinos con plegarias y ceñidas de buen navegante. Cuentan que un día en medio de una mar plana, desvanecida una espesa niebla, encontró una isla, que luego en su memoria llamarón de San Borondón,  pie en tierra quiso dar misa y evangelizar a sus criaturas paganas, condenadas por la ignorancia de su Dios, así hizo. Partió para seguir su periplo, y dejó en esa ínsula como en un campo de Eliseo, las almas de los héroes y los hombres virtuosos para que moren hasta el fin de los tiempos. A voluntad no levantó carta náutica que la localice. Así, y desde entonces, vagó por la mar océana buscando la isla errante, la que dicen sólo se la aparece  a algunos; nace y muere esta isla fantasma y huida tras la niebla. Han llegado a decir que es una gigantesca ballena dormida a la deriva. Lo cierto, es que de cuando en cuando alguien la ve, y luego desaparece. Es la Isla de San Borondón, la isla errante, la “non trubada”, Sandy Island, la isla fantasma. Por lo que dices, Unno, esa puede ser tu isla-”.

Todos escuchamos expectantes el extraño relato. Al acabar, paralizados, miramos al viejo, dejamos correr el tiempo, nadie dice nada, el tiempo crece y Auro levanta la mirada húmeda, llena de años, cruza un gesto con Pacífico y salen juntos en silencio, camino de la cubierta. Huérfanos de ruido, tose Jairo, se rasca el niño Lito la mollera, Amaranto hace pucheros, Pancho manufactura un silencio tamaño XXXL de la planta de tallas grandes, y el “Lobo de mar” cruje sus cuadernas, al marcar los tres pasos del merengue que baila con olas de tres metros.



Texto: Nemo Ipse
Fotos: FlorodelMonte