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viernes, 14 de febrero de 2014

Un naufrago, un tío perdido y la mina del lápiz

XV.-Islas Desventuradas

 Jairo Aristizábal tiraba la penúltima nasa de madera de maqui a poniente, a diez metros una balsa desarbolada, amontonaba en su espalda garrafas, ropa, cuerdas, lonas, bultos, aperos propios de una tribulación alrededor de un sumidero; lentamente ajena e inerte se le acerca a la barca.



Grita -¡Auro, Auro, mira esto!
 El viejo iza la mirada llena de callos, sin gestos guía su bote hacia el de Jairo. Suena ronco el golpe primero, luego como si se conocieran, la barca de Auro y el flotante extraño se besan sin despegar sus labios.
 Se miran los pescadores de langosta. Silencio. Tiempo que parece espacio.
En el abordaje, el viejo como quien pisa un cementerio, mira, toca, con el respeto de un converso. Escombrera de una existencia. En el centro, una caseta de ramas, como de perro, bajareque sin barro impermeabilizado con plásticos. De rodillas, lento, acerca la cara a la boca del cubil. Pupilas dilatadas, gesto de yeso.
Un cuerpo de hombre envuelto en plástico con la cabeza al fondo siguiendo el balanceo de las olas, sin tensión, abandonado por su dueño. Después, al que creían un demacrado muerto, le salió un lamento.



A prisa, dando bandazos de borracho por el orujo de la mar salada, acarrean Auro y Jairo el osario con pellejo. Les parece que se le va a desmembrar el esqueleto al resucitado. Entre todos, acomodaron al inconsciente, náufrago por dos veces, en el camarote del capitán Pacífico York a bordo del “Lobo de mar”.



 Amaranto, el cocinero, hizo de Sor Socorro, desnudó y lavó con mimo hospitalario al maniquí; le vistió con su propia muda de los domingos, como se amortaja a un amigo. Finalmente le acunó en el catre espartano, y abriéndole los sajados labios le dio unos chupitos de caldo de gallina caliente. Entre puchero y cacerola giraba visita al yacente. –¡Ahorra para morirse, este inconsciente!-, murmuró.


Continuará

(Texto Nemo Ipse)